Columna de opinión publicada originalmente en agosto de 2024:

Homenaje a artistas detenidos desaparecidos

Homenaje a artistas detenidos desaparecidos

Por : Arnaldo Delgado González
Magíster en filosofía y licenciado en artes con mención en composición, Universidad de Chile

Este 30 de agosto se conmemora el Día Internacional de la Detenida y el Detenido Desaparecido, fecha que remarca la urgencia del avance en la preservación de la memoria y del respeto a los derechos humanos en un contexto en que el autoritarismo ha vuelto a ser, después de 50 años, un recurso legitimado para ciertos sectores a los que la democracia no les es suficiente.

Detener y desaparecer como política de Estado. Detener es suspender, desaparecer es ausentar. 1093 suspendidos, 1093 ausentes. La desaparición de las detenidas y los detenidos implica suspenderlos forzosamente de sus presencias, implica aniquilar sus estar siendo. Un detenido desaparecido es un estar siendo aniquilado. 

Si estar implica sentir, estar siendo es, entonces, estar-sintiendo. No olvidemos, en vista de esto, que detenerlos y desaparecerlos, que ausentarlos y suspenderlos, es por lo tanto también arrebatarles su ser parte sensible: las detenidas y los detenidos desaparecidos fueron suspendidos forzosamente de tramas y vínculos sensibles a nivel familiar, partidista, vecinal y laboral. De ese lazo afectivo surge el primer gesto de la memoria: la búsqueda y la exigencia de justicia de hijos, madres, hermanas, vecinos, esposos, etc.

Si de sensibilidad se trata, es particularmente impactante cuando se trata de artistas, de creadores de obras, es decir, creadores de entes destinados justamente a dinamizar las sensibilidades compartidas. Aquí, entonces, el carácter de la aniquilación afectiva es doble: por una parte, ausentarlos suspendiendo sus vínculos; por otra, taponar el flujo creativo de estos dinamizadores sensibles, que eran sus obras, las cuales impulsaban el sueño de un nuevo estar-sintiendo en común.

Ismael Chávez, por ejemplo, estudiante de teatro de la Facultad de Artes de la Universidad de Chile (en ese entonces Facultad de Ciencias y Artes Musicales y de la Representación), de cuya desaparición se cumplieron 50 años el mes pasado. O Bernardo de Castro, artista plástico de la misma casa de estudios, de cuya desaparición se cumplirán 50 años este 14 de septiembre próximo. Con ellos, Luis Palominos, cornista; Jacqueline Drouilly, actriz. También Ruth María Escobar, bailarina; Luis Enrique Elgueta, cantante; y Ariel Santibáñez, joven poeta. 

"Jorge Solovera, ¡presente!", se viene escuchando por parte de sus familiares y seres queridos desde hace casi 50 años. Junto a su nombre y su rostro, y a los de 1092 más, están los de los 2123 ejecutados, entre los que, en el ámbito artístico, se cuentan Víctor Jara, Jorge Peña Hen, Ana María Puga, Humberto Menanteau, y otras y otros.

Desaparecerlos de sus tramas sociales sensibles, entonces, pero también del flujo creativo. He allí la política de aniquilación sensible del autoritarismo, he allí el esteticidio dictatorial que atacó de raíz, con asesinatos, torturas, prisión, exilio y censura, el proyecto sensible encabezado por Salvador Allende.

Pero cinco décadas han pasado. También un poco más de tres desde marzo del 90. Dicho esto, el 30 de agosto de este año es particularmente delicado, y no solo por las recientes polémicas del Plan Nacional de Búsqueda, sino porque ocurre después de la conmemoración de los 50 años del golpe de Estado, probablemente el momento más fértil para la concientización en torno a la memoria y los derechos humanos.

De aquí en más, tras lo que me parece fue una conmemoración tibia, timorata, los espacios y momentos para instalar socialmente la importancia de la memoria y los derechos humanos, si no se hace nada más, perderán potencia: ni el número 51, ni el 60, ni el 75 tendrán la fuerza conmemorativa del cincuentenario. Ni el centenario, pues la mayoría de los familiares directos, que exigen justicia y gritan "¡presente!", ya habrán fallecido. 

Descansar en la efeméride de septiembre del 2023, creo, es considerar a la memoria como un ejercicio pasivo de remembranza. Por el contrario, en estos tiempos claroscuros de autoritarismos relativizados, la memoria puede más: es una práctica activa y urgente que bien puede contribuir a la necesaria defensa de una democracia nuevamente asediada. De allí la porfía de insistir, no tanto por el pasado como sí por el futuro.

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