Opinión:

Arte y trabajo: una reflexión ad portas a este 1 de mayo

Arte y trabajo: una reflexión ad portas a este 1 de mayo

Son días durísimos, en los que el estallido de octubre primero y la pandemia -después- dejaron al descubierto la negligencia de un estado que liquidó sus antiguas reservas de dignidad, sus políticas públicas y su compromiso con la causa colectiva de nuestro pueblo.

Por otra parte, el mundo del arte recordó especialmente durante estos días hasta qué punto su condición es la de las y los trabajadores también. En el animado octubre del 2019, poetas, artistas, músicas, escultoras, pintores extraviaron la singularidad de sus modos de hacer en esquinas anónimas y plazas repletas, moviéndose al interior de conjuntos humanos rimados por el disenso; durante la crisis sanitaria, repararon en la dificultad para seguir cansándose en la tarea escogida, desamparados por la concentración del capital y la escases de los fondos públicos. Con esto trajeron a escena la pregunta de toda trabajadora, de todo trabajador: ¿qué será de aquello que hice? ¿quién se hará cargo del destino material de esta tarea a la que dediqué la totalidad de mi vida?

Es la pregunta que afecta a toda producción material, la pregunta por la forma en que se trascenderá en el mundo de los vivos la sustancia concreta de nuestros huesos. Basta con que nos hagamos esta pregunta para que se desdibuje, con independencia de que lo queramos o no, la línea feble que separa la vida del arte de la del trabajo. ¿Qué los separa? La visibilidad con que el caprichoso régimen de los prestigios ha tendido a diferenciar históricamente una producción material de otra. Esto lleva a que en la universidad se hable a menudo con toda naturalidad de estamentos: están quienes lustran las aulas, instalan los datas o limpian las oficinas, y están quienes se dedican a deliberar en esas mismas aulas sobre los asuntos de una producción material que a veces pasa de largo por la inmediatez del trabajo diario.

Cuando esto sucede, estamos en La república de Platón, en el comienzo de una filosofía que asignó a determinados cuerpos la sospechosa cualidad para realizar el trabajo, dejándole a otros el privilegio de deliberar libremente sobre los asuntos de la esfera pública. Nunca está de más recordar que en esto se basó la tan reputada “democracia griega”, lo que nos invita a pensar que la democracia no es un objeto acabado, sino una forma social que consiste en la lucha infinita por su resignificación.

Estamos en esa lucha. Antes de ayer fue el Día Internacional de la Danza, hoy es el día internacional de las y los trabajadores. El calendario pone una data al lado de otra y genera una situación de vecindad entre las acciones, pero sin que se produzca el chispazo que cuestione esa inesperada correspondencia. Es lo que debemos hacer, es la tarea que debe estar una y otra vez presente en una Facultad de Artes: apartarse del paso serial de las horas para pensar el tiempo de los oficios de todas y todos certificando su acción transversal sobre la materia. Una trabajadora, un trabajador, tienen que ver con el arte en la medida en que se interroga por el destino de sus tareas y por la improductividad creativa que la asedia desde una imagen de infancia; un artista, una artista, tiene que ver con el trabajo en la medida en que realiza la tarea de cualquiera primero y, después, la que requiere para darle a esa tarea el sello personal de su arte.

El arte y el trabajo se unen en la actividad común de los cuerpos que obran sobre la materia, pero se separan en las oportunidades que cada hombre, cada mujer, tienen para elegir su cansancio. En La noche de los proletarios, el filósofo Jacques Rancière señala que la pobreza no se define por una relación de pereza con el trabajo, se define por la imposibilidad de escoger la fatiga. Y esta imposibilidad, divisoria de aguas, es el asunto que una Facultad de Artes jamás debiera dejar de atender; su tarea incansable es la de difuminar esta línea arbitraria, sobre todo porque la acción del cuerpo sobre las cosas no se distingue en lo más mínimo de la acción del espíritu sobre las ideas.

No hay absurdo más grande que aquel que postula a lo largo de nuestra historia la oposición entre el trabajo manual y el trabajo del pensamiento, entregando maniatados a la mudez del oficio doméstico las laboriosas tareas de nuestras trabajadoras y trabajadores. Sin embargo esto existe, y nuestra tarea en calidad de artistas y trabajadoras no es otra que interrumpirlo. Se lo interrumpe cuando se instala en el desvelo la conquista poética colectiva de una aventura física y en común sobre la materia indócil de los objetos cotidianos. La emancipación solo existe allí, cuando se quiebran los lazos de necesidad que anudan una ocupación a escalas estandarizadas de méritos, salarios, inteligencias y reputaciones. Y en este sentido lo que nos torna iguales no es más que nuestra voluntad inacabada por participar de la potencia común de los seres sintientes e intelectuales.

Este último es un tema central de la extensión universitaria, por extraño que parezca, pues la extensión no existe sin que seamos capaces de ser rozados por la vida de otros. Por donde quiera que se vaya, se es rozado por esa vida, por una vida anterior u otra que vendrá.

Saludamos en su día a todas las trabajadoras y a todos los trabajadores del mundo, a las trabajadoras y trabajadores de nuestra Facultad, y a nosotras y a nosotros mismos también.

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