Premio Nacional de Arte 1993:

Sergio Montecino, a diez años de su muerte

Sergio Montecino, a diez años de su muerte

En el comedor de la casa de Sergio Montecino en los cerros del Arrayán, donde vivió por casi 40 años y en la que aún viven, desde 1961, su viuda, Eliana Banderet, y sus tres hijas -con sus respectivas familias-, todo lo recuerda: sus pinturas colgadas en las murallas, una fotografía suya sobre la chimenea, un estante lleno de libros acumulados en el tiempo, textos que dejó escritos, entre muchas otras creaciones como los mosaicos alrededor de la rústica piscina.

Eliana Banderet trae a la mesa algunos números empastados de la revista Pro-Arte, así como dos libros publicados por Sergio Montecino: "Pintores y Escultores de Chile", de 1970 y "Entre Músicos y Pintores", de 1985. Como explica Eliana, "escribió sobre artistas consagrados y sobre artistas que recién comenzaban su trabajo artístico. Además, escribió biografías de antiguos pintores y comentarios de exposiciones en Chile y el extranjero, pero muchos de sus textos están inéditos. También escribió en catálogos para las exposiciones", a lo que su hija Cecilia, también artista, agrega: "Escribió poesía, prosa, cuentos, dos obras de teatro de Gabriela Mistral y Pablo Neruda, las que no han sido actuadas ni leídas por nadie".

Según recuerda Eliana, su esposa y compañera por más de 50 años, "Sergio se levantaba en la mañana y siempre tenía algo que escribir. Ese mueble está lleno de papeles de Sergio y ordenarlo será el trabajo que van a tener que hacer mis hijas". A este comentario de Eliana, Vivian, la hija mayor del matrimonio, explica que "no tenemos proyectos concretos, pero sí muchas ideas que esperamos hacer realidad".

Y es que Sergio Montecino no sólo escribió y pintó. Por su obra artística fue premiado en más de una oportunidad, obteniendo, por ejemplo, el Premio Nacional de Arte en 1993 y, en dos oportunidades, 1944 y 1988, el Premio de la Crítica otorgado por el Círculo de Críticos de Arte. Además, este artista postimpresionista fue conocido también como comentarista cultural y crítico de arte, y se complacía mucho con la música. Como cuenta Cecilia, "mi padre disfrutó de la ópera y de los conciertos a lo largo de su vida y nos dejó también ese legado".

Esas experiencias le permitieron escribir y publicar el libro "Entre Músicos y Pintores", "un libro en que Sergio registró la vida y las jocosas situaciones del medio. Hay incluso toda una descripción de la organización de la enseñanza de la música y de las orquestas. También hay anécdotas. Por ejemplo, en un concierto de piano de Alfonso Montecino -su exitoso primo- en el Teatro Baquedano, Sergio cuenta haber escuchado a una señora que comentó: 'este muchacho no le ha trabajado un día a nadie', como si ser pianista no fuera un trabajo y sólo fuera diversión", cuenta Eliana.

"Siempre estaba dibujando"

Sergio Montecino, nacido en Osorno, llegó a Santiago en 1927 a terminar su educación en el Instituto Nacional y destinado a estudiar Derecho como su padre. "Estudió Leyes dos años y después se fue a la Escuela de Bellas Artes. Para entonces, ya había fallecido Arturo Montecino Rosas, su padre y un gran abogado, y usted sabe que la gente que entra al Bellas Artes no tiene esperanza de tener rentabilidad. Era una decisión muy descabellada mirándola desde afuera, pero que contó con la aprobación de su hermana mayor, María Luisa", cuenta Eliana, agregando que "mientras estudió leyes, él siempre hacía caricaturas de los profesores o de los compañeros. Estaba siempre dibujando".

A la Escuela de Bellas Artes ingresó en 1938 y tuvo como maestros a Augusto Eguiluz e Israel Roa. "Eguiluz era un admirador de Cezanne, entonces sus clases eran de gran rigurosidad conceptual, tratando de obviar lo aparente para analizar lo formal. En el caso del maestro Roa, la actitud era muy libre porque trataba de incentivar la técnica de la acuarela", explica Eliana, acuarelista y quien también estudió en la Escuela de Bellas Artes, lugar en que conoció a Sergio Montecino.

"Lo que pasa es que yo estudiaba simultáneamente inglés y Bellas Artes, pero como la Escuela era tan generosa, podía ir a pintar cuando terminaba mis cursos pedagógicos. Ahí vi un cuadro de Sergio que era el mejor entre los que estaban expuestos, aunque en ese momento no sabía quién era Sergio Montecino. Después, él empezó a aparecérseme por todas partes", recuerda Eliana. Fue ella quien más tarde le pidió audazmente que la acompañara al psiquiátrico en una visita organizada por su profesor de psicología; luego se encontraron en un baile en el ex Pedagógico; hasta que "una vez, en la Escuela, llegó con una cajita con acuarelas que me regaló y así se fue hilvanando la historia de nuestra relación por mas de 50 años".

En 1944, Sergio Montecino obtuvo una beca para perfeccionar sus estudios en Brasil, viaje en el que Eliana lo acompañó. "Sergio obtuvo una beca, así que aprovechamos de casarnos antes de irnos y todo ese viaje fue una experiencia maravillosa", recuerda Eliana, quien agrega que "fue muy valiente en ese momento en tomar todas esas decisiones porque no teníamos nada".

Mientras estaban en Brasil, el matrimonio Montecino-Banderet conoció a Gabriela Mistral, quien en esos años era cónsul en Petrópolis. "Ella nos invitaba a su casa donde era un placer escuchar sus relatos. Israel Roa también estaba becado en Brasil, entonces íbamos Roa, Sergio y yo a la casa de la Mistral", recuerda su mujer. Durante la estadía en Brasil, Sergio Montecino expuso el trabajo realizado en ese país, lo que le permitió acercarse a los artistas brasileños. "Antes de hacer la exposición la relación era bastante formal, pero después de la exposición ya éramos todos más amigos. Hubo personas con las que mantuvimos contacto por mucho tiempo", cuenta Eliana.

En 1956, Sergio Montecino nuevamente fue becado, esta vez para continuar sus estudios en Italia y Eliana Banderet lo acompañó por un tiempo. "Allí se dedicaba a pintar en las calles. Siempre llevaba su paleta, su caja de pintura, su atril y tela para ponerse a pintar donde le provocara mayor interés", recuerda. De ese viaje, Eliana tuvo que regresar para continuar con las clases que realizaba en un colegio en Chile. "Me vine y Sergio se enfermó. Le dio tifus y fue a parar al hospital, a la sala común", relata su viuda. En ese momento, "algunos pintores chilenos que estaba en Italia lo ayudaron, como Rodolfo Opazo e Iván Vial", agrega.

"Si no tengo ganas de pintar no pinto"

"Yo soy un tipo muy calmado. Si no tengo ganas de pintar no pinto. No me gustan nada las exigencias, prefiero los impulsos", señaló hace algunos años el pintor y Premio Nacional de Arte 1993. "Paisajes, figuras humanas y retratos son los temas que Montecino principalmente utilizó en sus obras. Sin embargo, son los paisajes -especialmente los del sur de Chile- los que marcan la trayectoria de este artista. Exaltó subjetiva y expresivamente valles, lagos, mares y cielos; en ellos, articuló la fuerza del paisaje con sus propias emociones. También se ocupó del paisaje urbano, en donde el hombre deja su impronta a través de sus acciones", explica el sitio web del Museo de Arte Contemporáneo sobre la obra del artista.

En 1993, Sergio Montecino recibió el Premio Nacional de Arte, galardón que consideró un reconocimiento a una labor de 60 años dedicada a las bellas artes y la enseñanza. El artista declaró en esa oportunidad que "la lección más grande que he recibido se produjo en la Escuela de Bellas Artes, donde fui alumno del pintor Augusto Eguiluz, Israel Roa y Camilo Mori, de quien fui también ayudante en la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Chile".

"Cada exposición era un gran trabajo porque había que bajar los cuadros desde el taller y subirlos después por esas enormes escaleras, embalarlos, amarrarlos y transportarlos a las distintas galerías o museos. Eso sí, todo era un trabajo compartido, incluso el montaje de las telas", cuenta Cecilia. Sobre el modo de trabajar todas concuerdan: No tenía un horario. "Fue siempre constante en su trabajo y pintaba y pintaba. Hacía las telas, los bastidores, los marcos, todo", añaden Vivian y su hija menor, Paulette.

Sergio Montecino fue un gran maestro que ha dejado una extensa obra para las generaciones venideras y para quienes pudieron compartir con él, un entretenido personaje por su inolvidable sentido del humor. Su colección personal de pintores chilenos la donó a la ciudad de Osorno, donde hoy existe un museo que lleva el nombre de su padre.

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