Opinión:

Dignidad, repensando una realidad común

Dignidad, repensando una realidad común

Chile nunca ha sido el “oasis” de Latinoamérica y menos ha dado ejemplo a los países vecinos de cómo abordar coyunturas como el estallido social o la actual pandemia que atraviesa el mundo, por el contrario, sólo ha venido mostrando la cara de la histórica y profunda desigualdad social que viven millones de personas que viven en esta franja de tierra.

Ante esta realidad cada vez toman más fuerza las demandas sociales y las voces alzando una consigna por la “dignidad”; una palabra que venimos escuchando desde que tenemos uso de razón y que nunca termina de completarse, un concepto que por más que se consagre en la Declaración Universal de Derechos Humanos firmada en 1948 e incluso en la primera frase de nuestra Constitución, sólo se queda en una idea…“las personas nacen libres e iguales en dignidad y derechos”. Pero, ¿qué es lo que entendemos por dignidad? ¿Quién no ha pensado “vivir con dignidad”?

Son muchas las interrogantes y aunque el concepto sea tremendamente ambiguo, existe consenso en que tiene relación con una condición intrínseca de cada persona, lo cual puede tener una infinidad de interpretaciones al vincular esta cualidad con la efectiva protección de los derechos humanos.

Lo que nos une

En este ejercicio de preguntarnos acerca de la dignidad y sus alcances, ha surgido una interesante conversación con tres mujeres que se vinculan a las artes y la cultura, la dramaturga Daniela Cápona, la coreógrafa Paulina Mellado y la soprano Patricia Cifuentes, todas docentes de la Facultad de Artes de la Universidad de Chile, quienes en esta oportunidad son protagonistas de fecundas reflexiones en torno a una condición donde convergen lo personal y lo que nos marca como comunidad.

Pensar e imaginar la dignidad relacionada a la cualidad social de las personas, es lo que plantea Daniela Cápona, actriz, dramaturga, investigadora y docente, quien resalta lo trascendental de nuestra vinculación con los otros y, por ende, la construcción de un nosotros. “Hasta ahora solo podría decir que si la dignidad tiene forma y la hemos visto, se parece a la capacidad de hablar, de aparecer, de disentir, de estar juntos, de identificarnos efímeramente cada vez , pero muchas veces, como un ‘nosotros’ que habíamos olvidado que existía (o que podía existir)”, comparte.

La dignidad en tal caso opera como un motor que inspira la lucha en contextos diversos y transversales, vinculados con garantías pendientes como salud, educación, igualdad de género, previsión social y tantas otras áreas en las que la comunidad exige por una mejor calidad de vida.

En ese sentido destaca la emergencia de subjetividades que hasta hace poco tiempo no se consideraban agentes políticos y que en los últimos meses han aparecido enunciando las propias existencias, situaciones y reclamos como discursos que hacen parte esa ciudadanía que antes no les consideraba. “Nunca antes habíamos visto una marcha de personas con capacidades diferentes, con movilidad reducida, ocupando la calle manifestando con sus presencias su calidad de ciudadanos, a quienes el país, la política y lo político les afecta directo al cuerpo, a la vida y la muerte. Tampoco se creía que las comunidades sexodisidentes fuesen parte de ese abstracto ‘pueblo’ que se alza para vencer la opresión, como si la opresión capitalista, la injusticia y la represión no hubiese golpeado a esos cuerpos desobedientes , acaso con más fuerza que a otros cuerpos, y con más impunidad. Nombro estos cuerpos solo ejemplos entre otras tantas formas inusuales e invisibilizadas de ser/estar en el mundo que en los últimos meses emergieron como sujetos de discurso y como agentes concretos de lo político. La dignidad se parecía a la rabia, y parecía ser democrática y tan amplia, como un daño compartido”, reflexiona Cápona.

Justamente al pensar en la dignidad en distintos contextos de cambios sociales, políticos y culturales, se hace evidente que ni la institucionalidad ni las personas que debieran representarla están a la altura para abordar problemáticas que son permanentes. Es lo que propone Paulina Mellado, destacada directora, coreógrafa y docente, quien sostiene que “el Estado no ve los cambios de su propia sociedad y es absolutamente impactante que aún estemos atrapados con cuestiones amarradas desde dictadura como lo son las AFP y la misma constitución del 80”.

En torno al contexto más reciente, Paulina valora las significativas manifestaciones que aparecieron desde el 18 de octubre, haciendo hincapié en el rol que tuvo y sigue teniendo el movimiento feminista de los años anteriores. “Creo que si hay algo que quiebra la estructura país es lo que en ese movimiento feminista se abre, que es el paradigma de las relaciones humanas y el trato desigual en cuestiones de género, de ver al otro, lo cual instala preguntas sobre los modos de relaciones, de la fragilidad de unos y del poder de otros”, complementa.

Pero respecto a este último paradigma, Mellado también reconoce otro factor que se refiere a las relaciones sociales y la capacidad de ejercer prácticas democráticas, lo cual se explica en que “el problema resultante son las personas que no quieren ver al otro. Existen mundos paralelos, o mejor dicho hay mundos que aquí en este país no existen. Es sorprendente la poca capacidad política que tenemos los ciudadanos en términos de representatividad porque realmente un ser humano chileno normal no tiene ninguna capacidad de influir en nada porque no valemos solos dada la manera en que se están dando las cosas”, finaliza.

El arte y la dignidad

Sin embargo, la mirada respecto a la dignidad no puede excluir el panorama que viven las y los artistas en estos periodos de crisis y, de hecho, desde mucho antes. La percepción de Patricia Cifuentes, reconocida soprano chilena y ganadora de relevantes premios como Altazor y Apes, es que las artes se han visto totalmente solas por todas las propuestas artísticas que estaban programadas y que no pudieron mostrarse al público, lo cual definitivamente recrudece el panorama laboral del gremio.

Para Patricia, el diagnóstico es a todas luces muy negativo por parte del mundo de la cultura y las artes, explicando que “ha traído diversas consecuencias tanto en la parte emocional como económica; nadie se ha hecho cargo de eso, es como si el arte no existiera”.

Pese a todas las dificultades, no obstante, la cantante engrandece el sentir que mueve a artistas y entidades culturales a hacer algo más en momentos como el actual. “Muchos colegas, músicos y artistas hemos estado entregando nuestro arte a través de las redes sociales y en forma totalmente gratuita, es lo que nos mueve”, finaliza la cantante nacional, reconociendo la gran vocación y la dignidad de quienes, a través de su arte, comparten experiencias e invitan a la sociedad a imaginar nuevas perspectivas de la vida tanto desde las individualidades como desde la colectividad.

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