Opinión:

¿Por qué danzamos?

Por: Lorena Hurtado
investigadora y académica del Departamento de Danza de la Facultad de Artes de la Universidad de Chile

La pregunta que se instala en el título de esta columna deviene de la frase "Y usted preguntará por qué cantamos", verso del poema "Por qué cantamos" del escritor uruguayo Mario Benedetti, publicado en su libro Cotidianas en el año 1979.
Este verso se convirtió en himno de resistencia cultural contra las dictaduras militares en el Cono Sur, especialmente durante los años 70 y 80 en Argentina y Uruguay, representando un acto de vida frente a la muerte, la censura y la represión, verso que llegó a nuestro país a través de cantautoras argentinas como Sandra Mihanovich.

Hoy, en el contexto del Día Internacional de la Danza que se celebra el 29 de abril en conmemoración del nacimiento del coreógrafo francés Jean Georges Noverre, creador del ballet de acción, enfoque que revolucionó la danza del siglo XVIII al priorizar expresión dramática, emoción y narrativa sobre virtuosismo técnico, la pregunta que resuena hoy es: ¿por qué danzamos?.

No es una interrogante ingenua ni meramente estética, sino que cobra fuerza en un contexto donde las actuales decisiones políticas en nuestro país nos recuerdan, una vez más, qué cuerpos importan y cuáles son prescindibles para ciertos grupos de poder. En medio de reformas presupuestarias que golpean a la clase trabajadora y estrechan los márgenes para la cultura y la educación, danzar emerge como una necesidad.

Pero también cabe otra pregunta: ¿a qué le ponemos el cuerpo? ¿por qué causas, a qué deseos, qué luchas queremos encarnar? En tiempos donde muchas veces se nos exige dar la cara, y por tanto el cuerpo, por intereses ajenos, por lógicas que nos exceden o nos precarizan, danzar es un gesto de afirmación que permite poner el cuerpo a lo que nos vincula, a lo que nos humaniza, y a lo que nos devuelve agencia.

Danzamos porque el cuerpo no es solo instrumento de producción, sino también territorio de memoria, de placer y de resistencia. Porque frente a un sistema que exige rendimiento constante, la danza se vuelve una forma de desobediencia. Hay algo profundamente político en un cuerpo que decide moverse por fuera de la lógica de la utilidad, que se permite sentir, gozar, expresar, fluir y encontrarse con otros.

Y también danzamos porque no hay una sola forma de habitar el cuerpo. En la diversidad de las danzas que coexisten y se expresan en nuestra cultura: urbanas, tradicionales, contemporáneas, populares, queer, entre varias otras, se despliega una multiplicidad de identidades, historias, memorias y formas de existir. Cada gesto cuestiona las normas que han intentado disciplinar los cuerpos hacia la hiperproducción. Danzar, en este sentido, es también abrir espacio a la libre expresión, a cuerpos que se nombran y se reinventan, que desafían las categorías rígidas y reclaman su derecho a aparecer.

Danzamos, entonces, como quien abre una grieta en el actual contexto. Como quien insiste en habitar el tiempo de otra manera. Como quien se niega a reducir la vida a cifras, métricas o balances. En cada gesto hay una afirmación: seguimos aquí, encarnados, sensibles, diversos.

Y si las diversas expresiones artísticas y culturales, entre ellas la danza, se ven amenazadas con estos precarizantes recortes económicos y criterios de validez o legitimación impuestos por la nueva administración cultural, no es casual; es porque precisamente son esos los espacios donde el cuerpo deja de ser trinchera solitaria para volverse comunidad; donde la experiencia individual se transforma en lenguaje compartido, y donde la diferencia no se corrige, sino que se celebra. Danzamos entonces para resistir y hoy, por sobre todo, danzamos para imaginar.

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