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Luis Orlandini: “El escenario siempre ha sido mi imán”

Luis Orlandini: “El escenario siempre ha sido mi imán”

La oficina de Luis Orlandini es, de alguna manera, un repaso de su trayectoria artística y docente. Hay muchas imágenes de sus presentaciones solistas y los diversos dúos y cuartetos que ha integrado. Además, hay varios afiches de los exámenes de título de sus estudiantes, incluidos algunos que lo hicieron este año.  “Pego todos los que me regalan”, explica. 

Hay también una fotografía donde se reúnen digitalmente Orlandini con Ernesto Quezada, su maestro en su formación como guitarrista en el Departamento de Música. “Me la regalaron mis estudiantes de la época, vieron que estaba bastante afectado cuando falleció”, comenta. Quezada y otras personas de la Facultad de los años 80, sus alumnos, varios compositores y algunos colegas fueron nombrados por el músico durante la conversación en que trataba aún de ponderar y proyectar su reconocimiento (de manera unánime por parte del jurado) como Premio Nacional de las Artes Musicales 2026. 

Hace cerca de un mes ocurrió el reconocimiento del Premio Nacional. ¿Qué significa pasar por todo eso, por recibir una distinción altísima que entrega todo el país?

Sí, fue un momento bien intenso, como no me imaginé que podía ser. Pero más allá de eso, del momento un poco impactante de estar ahí, lo más lindo ha sido sentir un apoyo muy transversal y muy grande. Partiendo por Valentín Trujillo, que estaba ahí y se alegró de que lo recibiera. Creo que fue muy honesto en ese sentido y me sentí muy honrado por eso, de que la música popular, la docta y el folclore no están en una enemistad, todo lo contrario: se complementan, nos complementamos. Y eso lo encuentro sano.

Posiblemente desde Carmen Luisa Letelier (2010) no ocurría que un integrante vigente del cuerpo académico del DMUS recibía esta distinción. ¿Qué cree usted que significa el premio para un lugar como este?

Creo que es muy simbólico, muy bonito. Es estimulante porque quiere decir que lo que estamos haciendo aquí, y lo que yo hago también en la Universidad Católica y en otros lugares tiene un significado para el país, para el Estado, para los pares que lo evalúan a uno, etcétera. Y eso es muy importante. Yo creo que tuvo un efecto positivo en el Departamento, dio alegría en general.

Este es en esencia un premio a la trayectoria, así que supongo que al momento de ser reconocido se hace una suerte de retrospectiva, de pensar en todo el camino que significó. ¿Le pasó a usted? 

Bueno, me pasó. Yo creo que desde antes te empiezas a dar cuenta de que finalmente uno es el resultado de muchas cosas y de muchas personas con las que has trabajado, las que te ayudaron cuando eras joven y creyeron en ti. A ellos siempre les he agradecido mucho, recuerdo muy especialmente siempre a doña Magdalena Vicuña, quien era subdirectora de la Revista Musical en mis años de estudiante y, por ejemplo, me dio mucho apoyo cuando postulé para tocar por primera vez con la Orquesta Sinfónica, hace ya 40 años. Ella fue muy importante en mi carrera. Luis Merino también, siempre me apoyó en muchos sentidos. Otra persona que recuerdo con mucho cariño es Maricarmen Flores, que después hizo carrera en la Sociedad Chilena del Derecho de Autor pero que antes trabajó acá. Ella fue como una hada madrina para mí, siempre me tuvo mucho cariño. Son personas que te van acompañando en el camino de la autogestión, te apañan y hacen muy bien en la vida.

Y en lo formativo supongo que Ernesto Quezada también tiene un lugar especial. 

Por supuesto, fue muy importante en mi formación, obviamente. Pero yo nunca olvido tampoco a mi primera profesora, que fue una profesora particular, que se llamaba Sara Bravo y me instaló el bichito de que yo tenía que ser músico y que no podía hacer otra cosa. Eso fue una maravilla Después, claro, Quezada estuvo durante toda mi carrera apoyándome, guiándome, pero hubo otros maestros también que fueron muy importantes en mi formación. Cirilo Vila, por ejemplo, fue fundamental. Elvira Savi también en Música de Cámara, Elmma Miranda, Carlos Botto... Ellos son como los íconos que recuerdo por diferentes cosas. Todos fueron entregando conocimiento y un estímulo que era como decir "tú puedes, dale para adelante".

Ahora a fines de septiembre tiene bastantes presentaciones (Corpartes, Huechuraba, Sala Isidora Zegers, entre otros). ¿Cambia en algo al subirse al escenario que ahora uno es un premio nacional? ¿Hay otra responsabilidad o incide en la autopercepción?

Trato que no cambie la autopercepción porque en el fondo podría ser muy dañino tener una presión extra digamos, que te diga: "No, por ser Premio Nacional tienes que hacerlo muy bien". O sea, yo siempre lo he querido hacer bien, así que eso no cambia las cosas. En ese sentido no me siento ni mejor ni peor, siento que la responsabilidad es la misma y que es grande: es el compromiso de siempre al subir a un escenario: uno tiene que estar muy involucrado profesionalmente.

Usted ha estado en todos los escenarios más importantes del país del circuito de la música de tradición escrita, sin contar sus giras. ¿Después del Premio Nacional surgen nuevas opciones o cambia en algo la agenda?

Ha pasado algo, sí, ha sido interesante. No sé si es por el premio o no, pero últimamente nació la opción de inaugurar las Semanas Musicales de Frutillar, a las que no voy hace muchos años y me siento muy honrado. También se abrió la opción de volver a tocar con la Sinfónica y es muy bonito porque aún no toco en la Gran Sala Sinfónica. Es lindo y estimulante, pero quiero que muchos estén en esta cruzada y en este desarrollo de la música en Chile. No soy el único, somos muchos.

La mirada de la exautoridad

En el Departamento y la Facultad usted se ha caracterizado por ser de los que toman labores administrativas o políticas, a diferencia de varios de sus colegas que prefieren no salir de su ámbito. ¿Qué es lo que lo impulsa? 

Todos estos años que estuve con cargos administrativos de gestión fue muy bonito, me hizo desarrollarme en otros aspectos. Lo que pasa es que la vida del músico de repente es demasiado concentrada en un aspecto y puede ser un poco alienante en algún momento. Yo siempre pensé que me gustaba hacer otras cosas, no quería estar tan relegado. Y justamente a quien nombré, Luis Merino, él me dio la oportunidad hace muchos años de empezar en este camino más de gestión universitaria y me pareció interesante. Yo tenía la camiseta puesta con la Universidad de Chile, entonces quería hacer mucho por ella y me hizo bien, pero creo que ya cumplí mi etapa al respecto.

Su período como decano debe haber sido muy intenso y complejo también, por como ocurrieron los acontecimientos. ¿Qué significó en su vida ese episodio?

Fue complejo y fue doloroso, por supuesto. Afortunadamente después de eso hubo un periodo complejo en Chile que fue el estallido social, que vino inmediatamente después, y luego la pandemia. Entonces fue una época en que de alguna manera pude sanar un poquito.

De hecho todos tuvimos que hacer un ejercicio medio introspectivo con el encierro. 

Claro, tuvimos que encerrarnos en nosotros mismos. Pero fíjate que no me arrepiento de nada de lo que pasó en el sentido de que yo creo que hice las cosas con la mayor honestidad posible y las circunstancias hicieron que eso ocurriera en ese momento. No sé si hubiera sido distinto con otras personas.

Supongo que dentro de toda esa historia que no pudiera hacer un concierto en el GAM debe haber sido de lo más complicado, porque justamente se cruza la línea entre la autoridad y el artista. 

Sí, eso fue muy doloroso también, tener una funa que me impidiera hacer un concierto. Eso fue duro, pero fue parte de ese proceso que me tocó vivir. Y ya es parte de un recuerdo lejano y no volvió a ocurrir.

¿Por qué a algunos de sus colegas les cuesta tomar labores de este tipo? Justamente por tener que pasar por estas cosas? 

Creo que es una mezcla de varios puntos. Una es creer que uno puede hacer algo; lo otro es tener reales condiciones para ciertas cosas administrativas mínimas: redactar, planificar, tener capacidad de armar equipos. 

Tener el manejo político de manejar ciertas situaciones…

Bueno, justamente ahí es donde yo fallé más, porque si hubiera sido mejor político no me habría ido tan mal probablemente, pero bueno, no importa. Creo que eso es lo que falla muchas veces en nuestra facultad, que muy pocos se atreven a conciliar todos esos ámbitos y simplemente creen que no son capaces.

¿Para usted ya es un episodio cerrado tener cargos o asumir tareas de ese tipo?

Sí. No diría que cerrado de una manera tajante, pero ya no está en perspectiva como para hacerlo pronto. Sería bueno que le toque a otro, dicho bien concretamente.

El profesor y el intérprete 

Usted volvió a Chile a mediados de los 90, creo. Desde entonces, ¿empezó de inmediato a hacer clases en la Universidad de Chile? 

Sí, en 1994, ya son más de 30 años.

¿Y cuán parecido es el estudiante de hace 30 años con el de hoy? ¿En qué ha cambiado? 

Mira, qué buena tu pregunta. Eso es algo que no me lo han preguntado tanto. Tengo plena conciencia de que el mundo y las generaciones van cambiando, pero en ese sentido siento que he ido detrás de ese carro y he cambiado con los tiempos también. Me he ido adaptando porque si no es morirse, morirse en vida es súper terrible. De hecho me tocó ver profesores acá que no se adaptaron y que duraron muy poco.

¿Que no se adaptaron a qué cosas? 

A todo. A que ya no hay máquinas de escribir, que hubo que empezar a usar el correo electrónico, las plataformas digitales, las redes, la manera de pensar más de la inmediatez... Todas esas cosas que parecen tan obvias hoy en día, hace 20 años no lo eran. Siento que me he ido adaptando a los tiempos y pienso que las generaciones no son tan distintas en ese aspecto. Me toca convivir con estudiantes de guitarra o de música de cámara que son gente maravillosa que está buscando lo mismo que un estudiante de hace 30 años: desarrollarse, formarse bien, abrirse al mundo.

Se lo pregunto porque en conversatorios o entrevistas con profesores de composición dicen que antiguamente llegaba gente con mayor conocimiento del área y de la música en general, que ahora hay que destinar tiempo a enseñar cosas que antes venían adquiridas. 

A mí no me ha pasado de esa forma, fíjate. Tenemos esa fortuna, diría yo, en el sentido de que podemos todavía captar a personas que están involucradas y que llegan con un mínimo ligado a este tipo de repertorio e instrumento.

¿Cómo están las cosas en lo relativo a la enseñanza? Parece que guitarristas siempre hay.

Afortunadamente siempre hemos tenido talento. Quizás hay menos alumnos que antes, porque ha habido una baja en general que no sé de dónde viene ni por qué ocurrió, pero los alumnos que tenemos son muy buenos, están muy incorporados y bien instalados.

¿Sigue siendo el norte del instrumento la línea que instalaba el maestro Quezada, de formar músicos para ganar concursos y preparar para el “alto rendimiento”, por llamarle de alguna forma?

No, fíjate que no. Fue un poco así en un momento, pero yo siempre asumí que los rumbos que podía tomar un estudiante eran muy diversos y que eso había que aceptarlo, porque era parte de la identidad que ellos iban forjando. Una persona puede estudiar para ser un buen profesional del instrumento y hacer muchas cosas, no exclusivamente para hacer una carrera estelar. No es un camino único. Imagínate que el primer caso que me tocó asumir de que no era así fue llegando a Chile, en el año 94 o 95, cuando tuve de alumno a Manuel García. ¡Mira dónde terminó! Es famosísimo. Por otro lado, Fernando Sandoval fue un alumno muy destacado que se tituló hace muchos años y hoy es director del Conservatorio de Temuco, donde está en una cuestión más bien administrativa. Hay casos para todos los gustos. Creo que los rumbos son muy diversos y hay que aceptarlo. Además, la malla curricular que tenemos hoy en día declara cada vez más el ámbito de la gestión y otros relativos a la música.

Los guitarristas que llegan ¿son todos del mundo de música de tradición escrita o hay de jazz, folklore u otros lenguajes? 

Llega de todo, conviven los mundos y es muy bueno que convivan. En el caso específico de la guitarra es muy sano que así sea, porque el folclore y lo popular nutren a la música docta y le hace muy bien. Que un guitarrista sepa rasguear bien una cueca, una tonada o algo de flamenco le hace muy bien porque hay repertorio que tiene eso incorporado, entonces no tiene nada de malo, todo lo contrario. Una de las misiones que nos hemos impuesto junto con Romilio Orellana, por ejemplo, ha sido romper estas barreras de las cosas tan estancadas o distantes de la música popular. Lo hacemos como dúo y él, por ejemplo, ahora está haciendo presentaciones con Horacio Salinas; tocamos mucha música de Juan Antonio Sánchez, que tiene otro mundo. No vemos un problema en eso, todo lo contrario.

¿Y qué relación tiene con las expresiones más masivas de la música popular de hoy? Le pregunto porque hay gente que llega al punto de decir que eso no es música o que al menos es de mal gusto. ¿Se ha acercado a ese tipo de expresiones?

O sea, es imposible no acercarse, porque de repente te metes al metro y te cantan ahí, o en la tele o en la radio está sonando, uno vive en la vida real. No tengo ningún tipo de reparo así tan tajante como para decir "esto no es música", me parece que eso es una tontera. Creo que hay diferentes vertientes y maneras. Pasó en el mundo hace 200 años, que se pasó del contrapunto extremo del barroco a la simplicidad del clasicismo entre comillas, de la melodía acompañada. Hoy en día quizás estamos pasando por algo similar: de la onda súper compleja del rock progresivo a una cosa mucho más livianita, pero que tiene un contexto y un significado para mucho público. La gente lo valora, lo compra, no tiene nada de malo. Las cosas pueden convivir, yo no le veo problema.

Y hablando de tecnología en la música, ¿cómo se relaciona con ella en general? ¿Usa la inteligencia artificial para algo de su trabajo, por ejemplo? 

En eso tuve que evolucionar. Partí de lo analógico, pasé a lo digital, a las redes. En el estudio sí usamos la tecnología, se puede parchar, es parte del juego. La instancia del estudio de grabación es distinta a la del escenario. Lo ideal es llegar con una convicción tan grande que puedas hacer una toma muy bien hecha, e ir revisando cuál está mejor lograda o incluso tomar partes de cada una, no tengo problemas con eso. Debo confesar, eso sí, que a la inteligencia artificial aún no le encuentro mucho sentido en mi quehacer propio, más allá de utilizarla como consulta o para cosas rutinarias. En el oficio netamente musical todavía no le encontramos mucho sentido, pero puede que llegue, no lo descarto.

¿Cómo se lleva con el escenario después de tantos años tocando? ¿Le sigue motivando igual?

Siempre me atrae, no lo puedo evitar. Ha sido siempre mi imán. Es el momento en que uno concreta todo lo que quiso hacer cuando estudia: mostrarlo, ver que la gente pueda apreciarlo y eventualmente compartir la experiencia contigo. Digo eventualmente porque no siempre es así; si tocas una obra contemporánea, por mucho que a la persona le guste cómo tocas, va a decir "chuta, ¿qué estás tocando?".

Y usted, ¿cómo matiza eso? ¿Las obras contemporáneas son para espacios específicos o en un concierto cualquiera igual puede ir algo más vanguardista? ¿Cómo lo va manejando?

Según la instancia, porque uno tiene que saber qué pretende la gente al ir a un ciclo o concierto. Por ejemplo, hace poco estuve en CorpArtes y ahí uno sabe que lo que quiere hacer es fascinar. Para eso hay que ofrecer las obras que la gente ubica más alguna cosita nueva; con eso me doy por cumplido. Pero hay que tocar algo que reconozcan y tengan en la cabeza, eso también les hace bien.

En el concierto que di en la Zegers hice un resumen de un ciclo de conciertos que ofrecí en la Academia de Bellas Artes a lo largo del año. Ahí Bach fue el tema central así que incluí algo suyo, un ciclo de preludios de Tárrega (que es la guitarra en su esencia a comienzos del siglo XX), y dos casos emblemáticos de nuestro país: Miguel Letelier con Siete preludios breves (que homenajean a Violeta Parra) y Juan Antonio Sánchez, que para mí es un ícono actual de lo que se puede hacer con la guitarra sin fronteras de si es clásico o folclore.

Usted siempre ha tenido un interés de estrenar obras, de pedirle creaciones a compositores de todas las edades y todos los estilos. ¿Qué es lo que tiene que tener el compositor o qué le interesa a la hora de buscar nuevas obras? 

Siempre he tenido la idea de que uno tiene que servir en ese sentido. O sea, no es que yo ande buscando la estética que me acomode más. De hecho he tenido colaboración con muchos compositores de estéticas súper distintas. Te puedo nombrar, no sé, a alguien tan contrastante como Juan Antonio Sánchez o Edgardo Cantón con gente como Andrés Maupoint, que es de otra línea. Sin ir más lejos cuando ocurrió lo del Premio estábamos ensayando con José Luis Urquieta una pieza de Mario Mora que tocamos en el XXVI Festival Internacional de Música Contemporánea. Esa colaboración con José Luis ha sido muy linda porque él comparte plenamente la iniciativa que yo tuve durante toda mi vida de hacer mucha música, estrenar, generar un corpus musical en relación al instrumento. Él mismo en su página lo está haciendo con el oboe, así como lo ha hecho Miguel Villafruela con el saxofón. Yo estoy en esa línea pero me falta tener eso en mi página, me falta el catálogo (se sonríe). 

¿Qué se le viene a la cabeza cuando le hablan de la "guitarra chilena"? ¿Existe como tal o es solo una denominación geográfica?

El concepto "guitarra chilena" no lo entiendo muy bien porque da para mucho. Uno puede pensar que es tocada por chilenos, construida acá, o que alude a un repertorio específico... Creo que no está demasiado bien aplicado, es medio amplio. En el caso de Juan Antonio Sánchez, de Salinas, o de Javier Contreras, lo importante es romper las fronteras y hacerlo sin complejos. Eso es lo más importante: sacarse los complejos. Porque no me parece sano que un compositor muy metido en la estética europea se sienta acomplejado de escribir una tonada. Si Pedro Humberto Allende lo hizo hace cien años y Enrique Soro escribió sus aires chilenos, ¿qué tendría de malo?

¿Por cuánto tiempo tendremos a Luis Orlandini institucionalmente? ¿Cuánto más quisiera estar o qué ha pensado sobre retirarse una vez cumplida la edad para jubilar?

La verdad es que no lo he pensado tanto, pero no me veo dejando todo tan fácilmente. En la Católica probablemente sea así porque allá son bastante rigurosos con la edad para retirarse y me quedan cerca de tres años, pero no creo que de la Universidad de Chile me vaya tan pronto. No lo tengo pensado como algo inmediato para nada.

Y ligado a eso, ¿qué le gustaría ver que ocurriera con el Departamento de aquí a 10, 15 o 20 años? ¿Hacia dónde deberíamos avanzar como institución?

Te respondería dos cosas fundamentales: me encantaría que tuviéramos un ambiente de trabajo muy sano entre las personas. Veo que los conflictos se suceden y no nos hace bien. Tenemos un potencial humano maravilloso entre funcionarios, estudiantes y académicos, y no hay razón para estar teniendo problemas de ningún tipo. Por otro lado, creo que es importante que la Universidad asuma más plenamente que tiene una Facultad de Artes y que tiene que apoyarla más, porque aquí nunca vamos a producir plata, no es parte de nuestra naturaleza.

Claro, pero igual hay veces que queda menos déficit que en otras, o incluso a veces se logran gestiones más o menos equilibradas en lo económico. ¿Cómo se puede cautelar eso?

Tiene que haber un buen trabajo de gestión y administración, pero unido a la comprensión de lo que somos. Cuando te empiezan a poner un montón de cortapisas económicas, de cobrar tanto o exigir metas financieras, la cosa se complica mucho. Por ejemplo, la Escuela Vespertina se perdió por eso y era algo muy importante para nosotros. Eso creo que pasa por la no comprensión respecto a lo que somos y lo que tenemos que hacer.

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